Diabetes: la emergencia que ya vemos como normal
- Javier Garcia
- 25 nov 2025
- 3 Min. de lectura
El viernes se conmemoró el Día Mundial de la Diabetes, uno de los cuatro padecimientos que en Medicina de Longevidad se conocen como los “Cuatro Jinetes de la Muerte”. El 80% de las muertes en el mundo occidental se deben a cáncer, enfermedad arterial coronaria (infarto del miocardio), demencias y complicaciones de la diabetes tipo 2 (DM2). Además, la enfermedad arterial coronaria es una de las complicaciones frecuentes de la DM2.
En México y América Latina el problema va mucho más allá de la glucosa. Es una crisis de estilo de vida, de inequidad social y de sistemas de salud que reaccionan a la urgencia, pero no previenen a largo plazo. Las consecuencias personales y sociales son enormes: vidas acortadas, años de discapacidad, familias empobrecidas y sistemas de salud saturados por complicaciones en gran parte evitables. Reconocer esta realidad no es alarmismo; es admitir que la DM2 no es un “mal típico” del envejecimiento latinoamericano, sino una emergencia silenciosa que exige cambios profundos en políticas públicas, en la práctica médica y en nuestros hábitos diarios.
La raíz del problema es un entorno obesogénico y diabetogénico que hemos empezado a ver como “normal”. En México, casi el 40% de los escolares tiene sobrepeso y más del 90% consume bebidas azucaradas de forma habitual. Un estudio publicado en Nature Medicine en 2025 estimó que en América Latina y el Caribe las bebidas azucaradas contribuyen a casi una cuarta parte de los nuevos casos de DM2 en 2020, con México y Colombia entre los países más afectados. Cuando esta exposición temprana al azúcar se combina con pobreza, estrés crónico, sedentarismo y ciudades hechas para el coche y no para caminar, el resultado es predecible: más obesidad, más prediabetes y más DM2, y a edades cada vez más tempranas.
La DM2 tiene un problema doble, la Medicina de Longevidad ha demostrado que la resistencia a la insulina y la DM2 aumentan el riesgo de muerte prematura de cualquier causa: infarto del miocardio, insuficiencia renal, cáncer, demencias y otros padecimientos frecuentes. También reducen la calidad de vida por las complicaciones que generan. Esta combinación coloca a América Latina en una situación especialmente vulnerable.
Quiero subrayar la palabra “normal” que use en un párrafo previo. La mente humana normaliza casi todo: lo bueno, lo malo y lo inaceptable. Esta adaptación —la llamada adaptación hedónica en psicología positiva— es un arma de doble filo. Nos protege del sufrimiento, pero también nos vuelve ciegos a nuestros privilegios, insensibles a nuestros logros y conformistas ante aquello que sí podríamos cambiar. Por eso tanto la psicología positiva y otras disciplinas como la logoterapia insisten en la conciencia, la gratitud y el sentido: sin ellos, la mente convierte lo extraordinario en invisible y lo doloroso en tolerable. Y lo hace rápido.
Esta capacidad de adaptación, útil para sobrevivir y enfrentar el dolor y sufrimiento que nuestra especie enfrentó por milenios, también nos vuelve pasivos frente a situaciones que podríamos transformar para vivir más y mejor. El control de una enfermedad crónica como la DM2 es uno de los ejemplos más claros.
Como sociedad, no sólo hemos normalizado la obesidad y la DM2; también hemos normalizado no actuar. Sabemos que ciertos alimentos —azúcar, grasas saturadas y otros— y bebidas —refrescos, jugos azucarados— junto con el sedentarismo, favorecen la DM2 y la obesidad. Pero no los evitamos porque, me atrevo a decir, ya forman parte de nuestra cultura cotidiana. No es falta de información: sabemos perfectamente qué hacer, pero elegimos no hacerlo, día tras día. Esa elección repetida —individual y colectiva— es exactamente lo que define la cultura de una sociedad.
La consciencia de que padecimientos crónicos que llevan a muerte prematura son evitables podría mejorar nuestra forma de vivir. Y la mejora en calidad de vida que los cambios causan, podrían ser la motivación para ejecutarlos.
No veamos como normal aquello que nos daña, no normalicemos aquello que reduce la calidad de la única vida que tenemos, particularmente cuando puede evitarse. Cuidar la magnificencia de cada día que pasamos en este mundo es una muestra de amor a nosotros mismos, a la vida y a quienes amamos para compartirnos.




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